TÓMATE LA PASTILLA


Eso no era vida. ¡Eso no era vida! _pensaba Marisa_ Sus amigas parecían las de sexo en Nueva York y a ella le había tocado el papel de la tonta insatisfecha. Llegaba a casa a las mil, y todavía tenía que bañar al niño, preparar la cena, recoger por encima la casa y terminar rendida en el sofá. Entonces llegaba su marido, después de una larga jornada de trabajo, y a lo más que llegaban, si es que quedaba resuello, era a hacer el misionero rápido y por compromiso. Hacía siglos que nadie le mordía la oreja con lujuria, pellizcaba sus pezones o metía los dedos en su vagina mientras le chupaba los pechos. Hacía siglos que no tenía un orgasmo.

Esa tarde había estado con Lola tomando un café rápido en el bar de al lado de la oficina. Lola era una malagueña exuberante de 35 años que se acababa de separar de su novio de toda la vida y estaba pasando por una segunda adolescencia. Ese día le contó su experiencia en un local de moda en el que le habían pasado una de esas sustancias que desinhibían a la gente

_¿Tendrá algo que desinhibir?_ Pensó Marisa.

Lola se había enrollado con con una pareja, una mujer y un hombre, que acababa de conocer tomando una copa y había acabado con su clítoris en la boca de ella y el pene de él dentro de su culo. Le describió con lujo de detalles cómo la lengua de ella entraba y salía de su vagina mientras ella agarraba sus tetas y las pellizcaba, estrujaba y masajeaba, sintiendo las embestidas del marido por detrás. Le resultó curioso cuando Lola le dijo que la mujer llevaba un pearcing en los labios mayores, que se movía juguetón en su lengua cuando fue su turno de hacer disfrutar a la dama.

Y ella con su triste misionero, sin un mísero vibrador en casa y con el coño más húmedo que un bebedero de patos. A ver ahora cómo gestionaba esas ganas. A su churri ya no se le ponía dura como antaño, y en tres empujones se acababa la fiesta, sin preámbulos ni arrumacos. En alguna ocasión había tenido que retirarle con esfuerzo porque se quedaba dormido encima de ella. Deprimente.

_Pásame la dirección del local_ Le dijo a su amiga.

Se fue con la dirección escrita en una tarjeta y esa misma noche le dijo a su marido que había quedado con unas amigas a cenar. Afortunadamente, para eso no tenía ningún problema: ambos tenían una vida social que respetaban y no había susceptibilidades.

Le costó encontrar el conjunto de lencería que se había comprado hacía tres años y que solo se había puesto una vez, cuando Mario y ella fueron a la boda de unos amigos en Madrid y todavía no tenían al niño. Se puso el vestido azul con escote en la espalda que le sentaba todavía bien y salió a la calle. Cuando llegó al local, eran las 10 de la noche. Había cenado algo ligero por el camino para hacer base y estaba algo nerviosa: nunca había salido sola. Dentro, la gente bailaba una canción de moda. Se sentó en la barra y pidió un Gin Tonic. La camarera se lo sirvió con una sonrisa.

Fue entonces cuando notó que un dedo recorría su espalda hasta llegar a su culo. Se dio la vuelta y descubrió a una mujer morena con unos grandes ojos oscuros que la miraba con los labios entreabiertos. Iba vestida con un pantalón negro, altos tacones y una blusa roja que dejaba adivinar unos generosos pechos cubiertos por una larga melena oscura. Marisa la miró expectante. Nunca se había sentido atraída por una mujer, pero aquella noche había salido en busca de experiencias, así que tomó esa mano que todavía se posaba en su culo y la siguió.

La mujer la llevó a una habitación que había en la parte privada del local. Todavía no habían mediado palabra cuando le puso en la mano una pastilla.

_Tómatela, ahora vuelvo.

Marisa se la tomó sin rechistar y se sentó en un sofá que había en el centro de la habitación. Al cabo del rato la mujer volvió. Estaba completamente desnuda. Tenía unas tetas perfectas, esculturales, con generosos pezones erectos y un vientre liso y torneado por el ejercicio diario. Largas piernas, pubis depilado y una generosa sonrisa. Se acercó a ella e introdujo las manos por debajo de la falda. Marisa ya estaba notando los efectos de la pastilla y se dejó llevar. La mujer le bajó las bragas y las medias e introdujo dos dedos en su vagina mientras le apretaba el culo con la otra mano y lamía sus labios. Marisa empezó a acariciar los pechos de la mujer. Eran suaves y muy agradables al tacto. Nunca había tocado unas tetas que no fuesen las suyas y le pareció una sensación deliciosa. Tuvo su primer orgasmo en años con los movimientos de los dedos y, suspirando de gozo, se quitó el vestido para sentir toda la piel de esa mujer que la estaba haciendo disfrutar.

Se tumbaron en el sofá una junto a la otra acariciándose los pechos, el pubis, chupándose los pezones, acariciándose el ano por dentro y por fuera. Era la hora de probar los jugos que nunca había probado. Nunca había hecho el 69 con su marido, era algo que ni se les había ocurrido. Pero en aquella ocasión surgió como algo natural. Su lengua buscó el clítoris de su compañera, mientras notaba cómo ella lamía su vagina como nunca lo había hecho ningún hombre. Esa suavidad en su lengua y en sus labios la llevó hasta la locura, mientras sentía la energía subir desde sus piernas hasta su estómago y estallar en oleadas de placer que la hicieron gritar.

Entonces la mujer alargó el brazo y cogió un enorme pene de plástico. Se lo puso en las manos y abrió sus piernas. Echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados, entregándose por completo a la penetración de Marisa. Ella introdujo el pene en la vagina de la mujer con movimientos primero suaves, luego enérgicos, mientras masajeaba su clítoris y su útero con la otra mano. Veía el placer de su compañera, que se agitaba con suspiros y gemidos y sentía de nuevo la energía en su vagina, que se estrechaba y palpitaba al unísono. Estalló mientras Marisa la penetraba con fuerza y le chupaba los pechos con cierta avaricia y mucho deseo.

Las dos cayeron rendidas y abrazadas al suelo, mientras se besaban tiernamente en los labios. No era un sueño. Por fin, después de tantos años, había disfrutado una relación completamente satisfactoria. Le iba a costar volver a su rutina, pero al menos tendría algo que contar en los cafés de la tarde a su amiga Lola, y algo con lo que fantasear mientras practicaba el breve misionero con su marido