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TÚ SÍ QUE VALES


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Todo estaba preparado para la grabación de esa noche. Ese día, la dirección de casting del programa había seleccionado a concursantes de lo más florido. Se divertirían. RM ya estaba dispuesto para salir. Gafas de sol oscuras grises, traje y camisa gris, perfectamente planchado. Corbata negra. Cabello corto. Las pronunciadas entradas no llegaban a otorgarle el calificativo de calvo. La dureza con la que interpretaba su papel le hacía sentirse atractivo. Se miró al espejo antes de salir. Tiró de las solapas de su chaqueta hacia arriba. Perfecto, todo en su sitio. Ya estaba preparado para convertirse en el azote de esos pobres diablos que iban al concurso creyendo que era tan fácil hacer algo medianamente bueno sobre un escenario.

Todavía recordaba con hilaridad a aquel bailador al que dijo que parecía la mezcla de Cantinflas y Prince, o a aquel otro al que dijo que era un necrófilo porque había profanado la tumba Michael Jackson para darle por culo. Recordaba la gota de sudor que calló por la frente de ese desgraciado. Soltó una carcajada y salió dispuesto a cumplir su papel. Sus compañeros del jurado le esperaban ya sentados en sus puestos. Notó una sonrisa extraña en sus rostros, pero no le dio importancia. Era el rey y lo sabía. Todo giraba en torno a él. Su ironía, su sonrisa, su mordacidad, su manera ingeniosa de machacar a esos pobres diablos.

Se sentó en su silla, se echó hacia atrás y levantó los brazos poniendo sus manos tras la nuca con un gesto de satisfacción. En ese momento algo inesperado ocurrió. Se apagaron las luces y unas manos le sujetaron por la espalda. Le introdujeron una bola de caucho en la boca que le impidió gritar y la ataron firmemente a la cabeza. Otras manos le tomaron los brazos tras la silla y se las esposaron con bridas de plástico (ziiiip, ziiiip). Tampoco podía mover las piernas. Alguien le había despojado de los pantalones recién planchados y le estaba cortando los Calvin Klein recién estrenados con unas tijeras afiladas. Nunca se había sentido tan indefenso.

Alguien le susurró al oído: “Empieza la función”

Notó cómo se sentaban sobre sus piernas y empezaban a lamerle el cuello. Unos grandes pechos le presionaban la espalda, y unas manos le tomaron el miembro haciéndolo crecer poco a poco, sin que pudiese hacer nada para evitarlo. La persona que se había sentado sobre él empezó a desabrocharle primero la corbata, después la camisa. Con un rápido movimiento se introdujo el miembro de RM en una vagina húmeda que comenzó a subir y bajar lentamente. Se detuvo repentinamente y desapareció igual que había llegado. Silencio.

RM temblaba, con su miembro húmedo y terso. Notó un súbito dolor en las piernas. Intentó zafarse, pero alguien le inmovilizaba por detrás. Otra vez ese cosquilleo doloroso precedido de un estallido, esta vez en el pecho. Parecía un látigo. No veía nada, todo permanecía oscuro. No podía gritar. Sonido de chapoteo cerca de sus oídos. Fue entonces cuando notó esa humedad chorreante por la cara. Desde todos lados llegaba un líquido espeso que caía por su pelo, sus ojos y su boca. Empezó a agitar la cabeza con furia, pero solo consiguió que el líquido se introdujese por los orificios de su nariz. Estaba empapado. Entonces el ruido cesó.

Miedo, excitación, repulsión, sorpresa. Su verga seguía erecta. Despertó de la pesada siesta que se solía echar antes de cada programa. Mientras se aliviaba en la ducha de tanta tensión acumulada, escuchó el aviso: ¡RM, 5 MINUTOS PARA ENTRAR EN ESCENA!

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