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#VDLN 3: Julieta Venegas (Lento) 6


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Nunca había esperado gran cosa de su cuerpo. Le avergonzaba cuando sus amigas se enfrascaban en esas atropelladas conversaciones contando sus últimas experiencias. Se sonrojaba ante el entusiasmo descriptivo de una mamada, una penetración, un orgasmo. Alguna vez había intentado masturbarse, pero pronto había desistido. No sabía muy bien qué tenía que hacer o que sentir. Tampoco sabía cuál era la finalidad de tocarse a escondidas. Sus amigas le habían enseñado alguna vez fotos de personas en posturas extrañas, desnudos exuberantes que le hacían retirar la mirada y reír con grititos histéricos.

Desde pequeña, de una forma u otra, había aprendido a relacionar el sexo con algo sucio y marginal. Nadie le había dicho que lo fuese, ni siquiera había tenido una estricta educación religiosa. Sin embargo, había crecido en un entorno en el que el sexo vagaba como una presencia invisible. Nunca había visto a sus padres besarse delante de ella. Todo lo que habían hablado sobre el tema giraba alrededor de la prevención de un posible embarazo no deseado o del contagio de enfermedades. Estos temas se trataban de una forma reverencial y trascendente, como una revelación que hay que hacer tarde o temprano. Pero nadie le habló de las emociones y sensaciones que podría despertar el contacto de la piel de otra persona en su cuerpo.

Abstinence-Be faithful (ser fiel)-Condom. Este era el ABC que le habían enseñado en sus años de instituto. La estrategia, planteada por algunos países africanos en aras de la lucha contra el SIDA y apoyada por EE.UU. en la época de Bush no estaba en absoluto pensada para abordar la educación sexual de los jóvenes, pero a alguna mente brillante se le ocurrió aplicar este esquema con objetivos pedagógicos ligados a la moral católica. Esto hizo que, para ella, el sexo fuera siempre unido a la idea de una relación formal y a la finalidad de procrear.

Había conocido a ese chico durante el tercer año en la universidad. Era su primera relación seria, y en un año y medio habían intimado bastante, desde su punto de vista. Cuando estaba con él le daba mucho apuro sentirse empapada de repente. Vivía en un piso de estudiantes en una céntrica plaza madrileña, con otros dos compañeros de piso. A veces la llevaba con él y se encerraban en la habitación. Empezaba tocándole los pechos por encima de la ropa. Luego, sus manos buceaban por aquí y por allá. Ella se movía nerviosa. No quería que él notase las reacciones que sus caricias producían en ella. Cuando se iba, los dos amigos de su novio la despedían con una sonrisa burlona: Hasta luego guapa, a ver si te volvemos a ver pronto por aquí.

Era el día de San Valentín y habían quedado en el piso. Ella tenía una sorpresa para él: un libro firmado por su autor favorito que había conseguido el día anterior en la Fnac. Estaba muy contenta, era el regalo ideal; seguro que le encantaría. Cuando llegó al piso, la puerta estaba abierta. Qué extraño. Entró, y lo primero que vio sobre la mesa fue un vaso con tres rosas rojas. ¡Pasa, entra en la habitación! Era su novio. La habitación estaba en penumbra. Pasa y cierra la puerta.

Al cerrar la puerta, notó que algo se movía detrás de ella.

– Acércate, siéntate a mi lado. ¿Quieres tu regalo?

Ella asintió desconcertada.

– ¿Quieres sentir lo que nunca has sentido?

Los pensamientos se agolparon en su mente. ¿Por qué no?

– Entonces cierra los ojos

Cerró los ojos y notó cómo su novio le colocaba una tela suave alrededor de ellos.

– No hables, solo siente. No tengas miedo.

Notó que empezaban a desabrocharle la ropa. Dos manos, tres.. cuatro, cinco… seis manos. En poco tiempo estaba desnuda y tumbada sobre la cama.

– No tengas miedo. Solo siente.

Notó que unas manos le separaban las piernas. Algo húmedo y blando comenzó a frotar su clítoris. Unos dedos comenzaron a masajear sus pechos, una lengua chupaba todo su cuerpo. Unos dedos se introducían hasta el fondo de su vagina, haciéndole sentir una extraña tensión que subía desde sus muslos a su vientre. Su mente le decía que debía parar aquello, pero su cuerpo no quería, se balanceaba al ritmo de las caricias que sentía por todas partes. Notaba que la humedad había empapado las sábanas debajo de su culo, y su clítoris nunca había estado tan hinchado. Sentía ganas de estallar, nunca había sentido esa extraña sensación que se alzaba invadiendo todo su cuerpo.

Alguien le dio la vuelta y la puso a cuatro patas. Pensaba vagamente en lo obsceno de esta postura, que había vislumbrado alguna vez en las fotos que le enseñaban sus amigas en la pantalla de sus teléfonos. Pero se sintió llena y olvidó todo lo demás. Las embestidas llegaban de detrás, y su vagina las acogía con placer. Notó que alguien le masajeaba los senos colgantes desde delante, y notó que algo duro y cubierto por una membrana con sabor a fresa rozaba sus labios.

– Abre la boca- escuchó, y obedeció la orden inmediatamente. Penetraron su boca suavemente. Empezó a explorar con la lengua ese nuevo objeto que entraba y salía con persistencia, escuchando los gemidos de su dueño, y se sintió poderosa. Sin pensarlo si quiera, dirigió sus dedos hacia el clítoris y empezó a tocarlo. Suave primero, con urgencia después. El estallido fue inmediato. Notó cómo las contracciones aprisionaban al pene que seguía sus rítmicas embestidas y gritó de placer. Ellos a su vez se derramaron de placer y los tres cayeron rendidos. Cuando se quitó la venda vio cómo su novio había permanecido en una esquina de la habitación contemplando la escena. Sus amigos yacían a su lado, acariciándola lentamente.

La A de abstinencia fue inviable desde ese momento, aunque había logrado mantener la B de fidelidad y la C de condón. Se despertaron abrazados horas después. En ella se percibía todavía el rubor del deseo. Acariciándoles el pelo les dijo: ¿Repetimos?


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